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es mi manera burda de compartir algunas fotos...

martes, septiembre 14, 2004

Hoy les presento a Mr. & Mrs. Musa

De chica pensaba que mi madre era una santa. Ahora comprendo que es lisa y llanamente masoquista.






La semana pasada, mis padres, cumplieron 44 años de casados.


Podría decir millones de cosas sobre las bondades y virtudes de mis progenitores. Dos motivos me lo impiden:


1-No es mi estilo.

2-Mi padre es un hincha pelotas de aquellos y quiero compartir la experiencia.



La primera vez que los Musas llegaron a conocer a su nieto, mi padre no pudo soportar que el bebé fuera el centro de atención.

Viajó con el dedo gordo del pié derecho tres veces su tamaño normal, debido a un ataque de gota que todavía creemos producto de su imaginación.



Durante ese viaje, ocurrió el primer y único encuentro de los consuegros. Tener a mis padres y a los de mi esposo bajo el mismo techo fue, sin embargo, más divertido que inconveniente. No hablan ningún idioma común y como en algún capítulo de “I Love Lucy”, jugábamos al teléfono descompuesto.


Del castellano al inglés al dutch, al indoneso y vuelta, las conversaciones no tenían sentido.



Mi suegro es médico y antes de saludar, pregunta si el papsmear o chequeo de próstata anual están al día. Por hobby se dedica a la acupuntura y el fanático viaja con sus alfileres torturando a pinchazos a todo aquel que se queje de un mínimo dolor de cabeza.


¡Otra que el encuentro de San Martín y Bolivar! Momento histórico: mi papito agujeado de pies a cabeza y mi suegrín con una victima dispuesta.



Pese a las recomendaciones de todos, Mr. Musa no se contentó con quedarse en casa, tranquilo y con la pierna levantada.


NO! Quiso recorrer el zoológico, ir a la playa, visitar museos, ver la nieve, conocer Las Vegas... Y sobre todo, quiso darse el gusto de su vida: ir a Disneylandia. En silla de ruedas.






El lado bueno es que los inválidos, en una sociedad “políticamente correcta”, no hacen cola. Gracias al hipocondríaco de papá, nos dejaron entrar primeros en todos los juegos, salteando de 300 a 500 personas que venían esperando su turno por horas.


El malo: ver a mi vieja con la lengua afuera empujando al jovato carpichoso por todo el parque. Mi marido se encargaba del bebé y yo aprendí desde chica a no llevarle el apunte.


En un momento, para conocer la casa de la Familia Robinson, pudimos librarnos de mi padre por un rato (por suerte no insistió que lo cargaramos a upa los 5 pisos de escalera). Debajo del árbol que sostiene la casa, hay un puente que lleva a la Mansión Embrujada. Observamos, desde las alturas, al viejo haciéndose empujar (por inocentes turistas y con señas) hasta la cima del puente, a solo efecto de volver a bajar, en picada, en la misma dirección. ¡Para matarlo!



Tres años más tarde, cuando nace mi hija, tuve un dejavú. Esta vez mi viejo sufrió un infarto antes de viajar, me hizo llevarlo a la farmacia a jugar con el aparato que toma la presión cinco veces por día y el sueño de su vida fue esta vez conocer los Estudios Universales. Un castigo.



De mi madre poco puedo decir. De jóven se hizo famosa por caerse en un jardín de rosales, con su ahijado de meses en brazos (actual marido de Ginger) y llenarlo de rasguños. No cambió nada con los años, el primer día que la dejé sola con mi hijito, se cayó de la silla, astillándose el nene 2 dientes de leche. Queda claro que, de pequeña, debo haber resbalado de sus brazos, repetidas veces, en el patio de mosaicos.



¡44 años juntos! Fueron vecinos de barrio y primeros novios. Asombroso, pero su fórmula parece que funciona...